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martes, 3 de diciembre de 2013

El cambio climático y los nutrientes del suelo

Las variaciones térmicas alteran los ciclos del carbono, fósforo y nitrógeno, con un efecto negativo en la producción de alimentos. Lo determinó un estudio del INTA y Conicet, publicado en Nature. 

El cambio climático podría desbalancear los nutrientes del suelo

El cambio climático podría desbalancear los nutrientes del suelo En los ecosistemas terrestres, la interrelación entre diferentes procesos es clave para que no se degraden y la producción se mantenga. Investigadores del INTA y del Conicet participaron de un estudio publicado en la revista Nature que demuestra que las variaciones en las temperaturas del planeta afectan el acoplamiento de los ciclos de tres nutrientes –carbono, fósforo y nitrógeno–, fundamentales para las plantas y los organismos que los habitan. 

Para Mario Gabriel Gatica, becario doctoral del Conicet en la Universidad Nacional de San Juan y uno de los autores del artículo, hacia el final del siglo XXI se incrementarán las zonas áridas y semiáridas, que ocupan un 40% de la superficie terrestre y proveen alimentos, madera, biocombustibles y almacenamiento de carbono, entre otros productos y servicios, al 38% de la población mundial. Ese aumento provocaría un desbalance de los ciclos de carbono, nitrógeno y fósforo, con un “efecto alarmante” en los servicios ecosistémicos a mayor escala. “Al incrementar la aridez, se reduce la cobertura vegetal y la riqueza de especies como consecuencia de que el sistema no soporta mayores organismos en ese sitio. 

Los procesos biológicos merman y por lo tanto aumentan los físicos, que lleva a un aumento de los niveles de fósforo, mientras que se reducen los de carbono y nitrógeno en el sistema. Y ese fósforo extra se pierde al no ser capturado por las plantas”, explicó Gatica. Durante el estudio se analizaron 224 ecosistemas naturales áridos y semiáridos en todo el mundo, donde se midieron diferentes variables del suelo relacionadas con los ciclos de nutrientes, encargados de aportar fertilidad a la tierra. Según los autores, los resultados preocupan puesto que entre los cambios que se prevén se encuentra la degradación del suelo y la desertificación lo cual representa una amenaza para los medios de vida de más de 250 millones de personas que viven en las tierras áridas. 

Para David Wardle, profesor de Suelos y Ecología de Plantas en la Universidad de Umeå, en Suecia, “con el aumento el desacoplamiento de los ciclos de estos nutrientes, disminuyen los niveles de materia orgánica del suelo y la disponibilidad de nitrógeno, que llevan a su vez a una menor fertilidad del suelo y la capacidad del suelo de proveer nutrientes para las plantas”. Wardle, quien no participó del estudio, agrega además que esta situación es particularmente importante para las poblaciones que habitan tierras áridas y dependen de los cultivos y ganados de la zona para subsistir. 


 
Hacia el final del siglo XXI se incrementarán las zonas áridas y semiáridas, 
que ocupan un 40% de la superficie terrestre, y afectará al 38% de la población mundial. 

El fenómeno en la Argentina En nuestro país el 51% del territorio corresponde a regiones áridas y semiáridas y un 27% a regiones subhúmedas secas en el NOA, Cuyo, la región chaqueña y la Patagonia. Donaldo Bran y Juan Gaitán, investigadores del INTA Bariloche y coautores del estudio, advierten sobre los efectos que puede generar el desbalance de nutrientes. “En ese tipo de ambientes de nuestro país la actividad humana más extendida es la ganadería extensiva sobre pastizales naturales. 

El aumento de las condiciones de aridez y el desbalance de nutrientes llevaría a una disminución de la fertilidad de los suelos, provocaría una menor productividad de los pastizales y, en consecuencia, una menor producción ganadera.” Los científicos resaltan que según los resultados del trabajo publicado en la revista Nature, el desbalance se produce de manera abrupta al pasar de ambientes semiáridos a áridos. Por lo tanto las regiones más afectadas serían las semiáridas en las que el cambio climático aumente las condiciones de aridez. 

Sin embargo aclaran que los estudios sobre cambio climático muestran que el aumento de la aridez no sería uniforme para todas las regiones sino que habría áreas más afectadas, otras menos, e incluso algunas se podrían volver más húmedas. Por ejemplo, para Patagonia Norte algunos modelos muestran escenarios donde podría darse un ligero aumento de las precipitaciones, especialmente en las lluvias de verano y otoño. 

De todas maneras esos modelos señalan una aumento de las temperaturas, con mayores incrementos en el NOA, Cuyo y, en menor medida, en Patagonia, y esas mayores temperaturas implican mayores tasas de evaporación potencial y por lo tanto mayor aridez. Proyecciones a futuro Wardle analiza la importancia de los resultados del estudio publicado en Nature. “Las consecuencias pueden ser a corto plazo, pero se agravarán con el tiempo, y darán lugar a una reducción de la fertilidad del suelo y la productividad de los ecosistemas, afectando la capacidad del suelo para soportar muchos de los 2 mil millones de personas que viven en estos lugares. A largo plazo, si estos efectos continúan sin cesar, podrían ser efectivamente irreversibles”. 

Si bien el estudio revela la importancia de atender los efectos del cambio climático dado que estos afectan directamente a los servicios ecosistémicos, para Bran y Gaitán se pueden adoptar diferentes medidas para disminuir el impacto sobre los recursos. “Hay dos elementos claves en estos procesos, que son la cobertura vegetal y la generación de mantillo, que actuarían como mediadoras en los ciclos y balances de carbono, nitrógeno y fósforo. Por lo tanto en las regiones más amenazadas habría que evitar el sobrepastoreo, incendios y desmontes, que reducen la cobertura vegetal”. 

Asimismo destacan la importancia de contar con un sistema de monitoreo que permita formular alertas tempranas y recomendaciones para la adaptación y mitigación frente a amenazas globales como son la desertificación y el cambio climático, como el Observatorio Nacional de la Degradación de Tierras y Desertificación, una iniciativa del CONICET junto a la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, el INTA y la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires; o el sistema Monitoreo Ambiental para Regiones Áridas y Semiáridas (MARAS), desarrollado por INTA. 

 

Hay dos elementos claves en estos procesos, que son la cobertura vegetal y la generación de mantillo, que actuarían como mediadoras en los ciclos y balances de carbono, nitrógeno y fósforo. - 


Fuente: INTA Informa 

viernes, 12 de marzo de 2010

“La Argentina puede ‘no perder’ con el cambio climático”

Si el país cuida los recursos naturales y comienza a considerar planes para adaptarse al cambio climático, entonces algunos de sus efectos benéficos podrían ser aprovechados por el sector agrícola para potenciar la producción de alimentos.

“En las próximas décadas, la región Pampeana podría registrar un aumento moderado de la temperatura y las lluvias que beneficiarían la productividad de algunos cultivos anuales. En el mediano plazo, el mayor riesgo para el sector estará asociado a la probable intensificación de los eventos extremos, especialmente los relacionados con las lluvias”.

Así se expresó la especialista del INTA Castelar, Graciela Magrín, una de los 800 profesionales del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) que ganó el premio Nobel de la Paz a raíz de un informe en el que se afirmaba que las actividades humanas eran las causantes principales del cambio climático. Además, es la primera investigadora del INTA invitada por una revista de importante tirada nacional para participar de un artículo en homenaje a las mujeres en su día, presentada como una persona destacada en el ámbito científico.

El cambio climático produce importantes modificaciones a nivel mundial que podrían ser relativamente aprovechadas por la Argentina en su rol de proveedor mundial de alimentos, siempre que el país sea capaz de conservar la calidad de sus recursos naturales y de planificar medidas adecuadas para encarar los cambios.

“En el caso de la agricultura, los avances tecnológicos permitirían adaptar las producciones ante modificaciones progresivas del clima. Sin embargo, el riesgo mayor estará asociado con los episodios climáticos extremos”, afirmó Magrín. En el caso de la agricultura, si el clima se modifica lentamente, se van desarrollando e implementando nuevas tecnologías que permiten adecuarse o adaptarse a los cambios. “El problema será entonces la intensificación de los eventos extremos”, dijo la especialista.

Magrín consideró que, en los próximos 20 años, la Argentina podría ser una “no perdedora” con el cambio climático: “El país tiene muchas oportunidades porque, en términos medios, vamos a estar relativamente favorecidos. Eso quiere decir que si nosotros mantenemos la calidad de recursos naturales y los sabemos cuidar –si no hacemos producciones o tipos de cultivos que puedan estropear nuestro medio ambiente–, tenemos muchas posibilidades de seguir siendo uno de los grandes productores de alimentos en el mundo”.

Fuente: INTA Informa N° 576

martes, 20 de octubre de 2009

Cambio Climático: Posibilidades para el Agro Argentino

UNA JOVEN OPORTUNIDAD

AACREA. Especial para Clarín

El cambio climático ha producido graves y preocupantes fenómenos meteorológicos y desastres naturales en todo el mundo. Y la Argentina no es la excepción.

"En nuestro país, produjo el aumento de las precipitaciones en el noreste argentino y su disminución en la zona cordillerana. También un incremento de la temperatura media, la reducción del caudal medio de los cursos de agua, la afectación en los servicios de agua y energía y el retroceso de los glaciares", expresó María Eugenia Rallo, de la Oficina Argentina de Mecanismo para el Desarrollo Limpio, dependiente de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación.

Fue en el reciente seminario de Mercados de Carbono organizado por el Movimiento CREA y la Universidad Nacional de Villa María, en Córdoba.

En busca de solucionar este problema mundial y disminuir las emisiones de los gases que producen el calentamiento global se estableció el Protocolo de Kyoto, por el cual la mayoría de los países desarrollados se comprometieron a reducir, entre 2008 y 2012, el nivel de emisiones de gases de efecto de invernadero con respecto a las medidas en 1990 (EE.UU. se negó a ratificarlo en febrero de 2005).

Entre las actividades convenidas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y capturar carbono de la atmósfera, están los Certificados de Reducción de Emisiones (CER, por sus iniciales en inglés), también llamados informalmente bonos de carbono o bonos verdes.

Estos bonos (o CER) son un mecanismo internacional contemplado en el Protocolo de Kyoto para reducir gases de efecto invernadero. Permiten que países con compromisos cuantitativos de reducciones realicen inversiones en otros países que ratificaron el Protocolo, pero que no tienen compromisos cuantificables (como la Argentina). La disminución de emisiones se mide en toneladas de CO2 equivalente.

Este accionar supone que los gases del efecto invernadero se mezclan en la atmósfera, por lo tanto no importa dónde se reducen las emisiones. Así, pueden acreditar tales disminuciones y considerarlas como realizadas en su territorio.

Los proyectos que pueden ser sujetos de una certificación son, por ejemplo, la generación de energía renovable, el mejoramiento de la eficiencia energética de los procesos y la forestación.

"Hoy, en la Argentina, hay 15 proyectos aprobados por la Junta Ejecutiva del MDL, organismo encargado de emitir los CER", señaló Hernán Satorre, coordinador del proyecto Bonos de Carbono del Movimiento CREA. "Dos de estos proyectos fueron desarrollados por compañías agroindustriales", agrega.

El primero es un emprendimiento de Aceitera General Deheza para la generación de electricidad a través de una caldera alimentada con cáscara de maní y de girasol, en vez de combustibles fósiles. Este proyecto, llevado a cabo en Córdoba, fue registrado en abril de 2008. El principal combustible utilizado fue cáscara de maní (65-70%) y cáscara de girasol (30-35%). La generación eléctrica alimentará parte de la demanda de la planta de producción de aceite. Con este proyecto, se producirá una reducción de emisiones de 27.893 toneladas de CO2/año.

El otro caso argentino es de las plantas de faena de Granja Tres Arroyos ubicadas en Concepción del Uruguay (Entre Ríos) y Capitán Sarmiento (Buenos Aires). Este proyecto trabaja sobre el manejo de efluentes y fue aprobado en abril de 2008. Las reducciones de emisiones se obtienen al abolir la generación de metano, a partir de la materia orgánica biogénica contenida en los efluentes, en lagunas aeróbicas. Con una faena diaria de 320.000 aves entre las dos plantas y un caudal efluente de 7.700 m3/día, lograron reducir 24.782 toneladas de CO2/año.

Para acceder al mercado de CER, los proyectos deben tener una cierta escala para ser viables. Esto limita a muchas empresas agropecuarias de menor envergadura. Sin embargo, las pequeñas y medianas compañías también pueden ingresar con una modalidad especial, mediante la cual pequeñas reducciones pueden participar como un proyecto conjunto para ser más atractivas en el nivel internacional.

La mayor demanda de bonos es de Gran Bretaña, que compró el 39% de los CER; Italia adquirió el 9% y Japón el 5%. El país que más vende es China, que domina la oferta con el 84%. Brasil vende el 3%, mientras que Argentina, junto con otros países de América Latina, sólo participa con un 2%.

"Los CER permiten incorporar una rentabilidad adicional al proceso productivo y mejorar el flujo futuro de ingresos de la empresa, a la par que resuelve un problema ambiental", resumió Satorre.